La nutrición en la infancia y la adolescencia constituye el cimiento biológico sobre el cual se construye la salud, el potencial genético y la calidad de vida de todo ser humano. Durante estas etapas cronológicas, el organismo experimenta los períodos de crecimiento y diferenciación tisular más acelerados de todo el ciclo vital, lo que genera demandas metabólicas y energéticas sumamente específicas y elevadas. En la niñez, un aporte equilibrado de macronutrientes y micronutrientes es indispensable para garantizar la maduración del sistema inmunológico, asegurar un desarrollo neurocognitivo óptimo y prevenir trastornos tanto por déficit como por exceso, tales como la desnutrición oculta o la obesidad infantil. Al transicionar hacia la adolescencia, el llamado "estirón puberal" y las profundas transformaciones hormonales elevan drásticamente los requerimientos de energía y de minerales críticos como el calcio, el hierro y el zinc, necesarios para la consolidación de la masa ósea y el desarrollo muscular masivo. Más allá del plano puramente fisiológico, la alimentación en estas edades tempranas posee una dimensión conductual decisiva, ya que es en este lapso de tiempo cuando se instauran, consolidan y automatizan los hábitos dietéticos y la relación psicológica con la comida. Por lo tanto, una intervención nutricional adecuada y oportuna durante la infancia y la adolescencia no solo asegura un desarrollo somático y cognitivo pleno en el presente, sino que opera como una estrategia preventiva primordial a largo plazo, reduciendo de forma drástica la incidencia de enfermedades crónicas no transmisibles en la edad adulta, tales como la diabetes tipo 2, la hipertensión arterial, la osteoporosis y las patologías cardiovasculares.